El rinconcito de una elfa de ciudad

Esta es la historia de un gato que estaba muy enfadado. Que en realidad era gata y muy orgullosa, y que el enfado era consigo misma, son detalles accesorios que ella prefiere ocultar. Así que no se lo diremos a nadie.

Todo el mundo sabe que hay pocas cosas que molesten tanto a un gato como el hecho de reconocer un error. Ellos nunca se equivocan, y mucho menos se pierden. Siempre están exactamente donde quieren estar.

Pues bien, eso no es del todo cierto.

No solo se había perdido, sino que además se había equivocado, y no quería estar allí sino en su casa. Pero esto tampoco se lo vamos a decir a nadie.

Todo empezó por culpa del pájaro, que fue a molestarla mientras tomaba el sol en su ventana tan tranquilamente. Una cosa es estar mirando pasar gente sin interés, con la música que tus humanos siempre ponen de fondo, y otra que venga un pájaro y se ponga a piar y a dar saltitos delante de tus bigotes. Y claro, no le quedó otra que saltar para cazarlo. Y el muy maleducado se movió, justo a tiempo para no perder más que un par de plumas antes de salir volando bien lejos. Ya fue mala suerte que con tanto aleteo y plumas y precipitación, no se diera cuenta de no había nada donde tendría que haber aterrizado.

Y así fue como acabó en la calle.

Y para colmo, las plumas que aún conservaba en la boca tenían un sabor asqueroso. ¡Qué horror! De haberlo sabido antes ni siquiera habría abierto un ojo por aquella cosa chillona.

Suerte de vivir en un bajo y no lamentar patitas rotas, pensó, dándose la vuelta para volver a subir.

Pero entonces apareció a lo lejos aquella otra cosa. Era tan bonita, tan brillante…que no pudo evitar ir corriendo a verla de cerca. Se movía por el suelo, por las paredes, por todas partes. Y cambiaba de color. No había visto nada parecido desde la cosa roja que de vez en cuando estaba en su casa. Pero cada vez que saltaba encima, desaparecía. O se le subía por el lomo, o por la cabeza. O se le metía en el ojo y no veía nada de nada.

Tantas vueltas dio intentando atraparlo, que se olvidó por completo de por dónde había llegado. Y cuando por fin, muy a su pesar, se rindió porque era imposible de atrapar, se equivocó de calle al volver. Y así estaba. En una calle que no reconocía y sin recordar el camino de vuelta.

Bufó un poco para guardar las apariencias, y se puso en marcha, su casa no podía estar lejos. Aunque después de muchas vueltas se empezó a preocupar un poquito. ¿Y si no podía volver nunca? ¿Se quedaría para siempre en la calle?.

A punto estaba de maullar de impotencia cuando escuchó algo. Era música. No cualquier música, sino la suya. No hay muchos gatos capaces de reconocer un tango cuando lo escuchan por la calle, pero éste sí. Lo que siempre se escuchaba en casa cuando los humanos estaban en ella. Agudizó el oído y siguió el sonido. Estaría a salvo si no lo perdía y no volvía a distraerse.

Así fue como se encontró de nuevo bajo su ventana. Feliz, volvió a su casa, a su música. Allí estaría a salvo para siempre.

Antes de dormirse, se prometió no volver a alejarse nunca más. O bueno, hasta pasado mucho tiempo. Esa semana solo se asomaría a la calle con cuidado de no caerse. Claro que había tantas cosas interesantes que había sido incluso divertido…fuera como fuese, acordó consigo misma no volver a salir, mínimo, hasta el día siguiente.

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Un trato justo

No te voy a mentir, soy exigente, y complicado, y a veces un poco desesperante.
Vas a tener que quererme mucho, y tener mucha paciencia conmigo para que nuestra relación salga bien.
No será fácil al principio, cuando tengas a aprender que las cosas materiales son solo eso, cosas; y que puede que te haya roto alguna que te encantaba. Pero siempre sin maldad, te lo prometo. Es sólo que estaba jugando y no me di cuenta.
Tal vez tengas suerte y me apetezca dormir contigo algunas noches. Pero otras no. Preferiré estar de fiesta a meterme en tu cama y tendrás que aguantarte si te despierto al volver.
No me conformaré con cualquier cosa para comer. Puede que te diga que me encanta lo que me has traído y a los dos días me parecerá asqueroso y tendrás que tirarlo. Y traerme otra cosa mas rica, por supuesto.
No esperes que responda a tus llamadas. Y, si lo hago, no lo tomes como una costumbre. Iré a ti cuando yo quiera y si me apetece.
Hablaré solo y me quejaré sin ningún motivo aparente. A cualquier hora del día o de la noche, me es indiferente.
Demandaré tu atención y no aceptaré un no por respuesta. Cuando quiera que me quieras, te acosaré hasta que lo hagas voluntariamente o no.
Y si quiero estar contigo, no podrás moverte hasta que yo te diga que puedes.
Como sé que me echarás de menos cuando no me veas, te dejaré recuerdos que siempre podrás llevar encima, aunque eso estropee tu ropa.
A cambio no puedo darte mucho: te ofrezco todo lo que soy, sin dobleces ni mentiras. Te doy mi vida entera y todo el amor que soy capaz de dar.
Puede que te parezca un intercambio injusto. Pero verás, es que soy un gato. Y los gatos no amamos a cualquiera.
Eso sí, si aceptas el trato, prometo que cambiaré tu vida para siempre.

Había una vez una princesa. No una de esas princesas que cantando hacen venir a los pajarillos por la ventana cuando limpian (que lo ponen todo perdido de plumas); ni una de esas sin madre que acaban medio tocadas. Era una princesa normal y corriente. Con su corona, su vestido, su castillo y un reino normalito.
A pesar de ser princesa, o por ese motivo, estaba muy preocupada. Una serie de cuestiones de dudosa resolución se le planteaban como miembro de la realeza.
Para empezar, estaba eso del “final feliz”. Desde siempre le habían dicho que era algo que tenía que llegar y una debía aguardarlo con ilusión y esperanza.
Al parecer, consistía en irse a comer perdices con un señor muy apuesto y muy principesco que de pronto llega en un caballo blanco y te rescataba de algo. Y luego te llevaba a su castillo en su reino muy, muy lejano.
A lo que ella pensaba que ya podía el chico mudarse mas cerca y llevarla a comer una pizza como la gente normal, pero bueno. Ella era optimista y seguro que ambos llegaban a un acuerdo.

Otro tema muy importante era durante cuánto tiempo se supone que había que estar de final feliz. ¿Un día? ¿Una semana? En los libros sólo decía “y fueron felices y comieron perdices”. En algunos se daba un poco mas de detalle indicando “fueron felices para siempre”.
¿Para siempre? Eso era muchísimo tiempo. No se veía preparada para pasarse la eternidad comiendo perdices sin hacer otra cosa.
Porque en los cuentos tampoco se especificaba qué otras cosas había que hacer durante la felicidad eterna. Después del fueron felices siempre aparecía la palabra FIN.
¿Qué se suponía que significaba esa palabra? ¿Fin? ¿eso no debería ser por lo menos la mitad del cuento? ¿y la otra mitad?
Y cada vez que preguntaba por ello la miraban como si estuviese loca. Una vez encuentras al príncipe azul ya eres feliz por siempre y no hay nada mas, le decían.

Como además era muy estudiosa, se había informado de los requisitos del otro 50% responsable de ese final feliz: el Príncipe Azul.
Azul.
No se aclaraba si azul marino o azul cián, así que imaginaba que cualquier tonalidad sería válida. Claro que sería importante saberlo por el tema de combinar colores y demás, pero ya se preocuparía por ello cuando lo encontrase.

Toda aquella teoría no la convencía lo mas mínimo. Pero no había discusión posible, estaba en los libros, en las canciones, en las leyendas, y todo el mundo lo daba por hecho. Así que acabó dándolo por cierto ella también. Todos los cuentos del mundo no podían estar equivocados:
“Sin Príncipe Azul, las princesas no tienen final feliz”.
Una era una pobre princesa muy triste y muy desgraciada hasta que llegaba su salvador y la rescataba. Por lo menos podía sentirse afortunada de no estar encerrada en una torre custodiada por un dragón o una bruja malvada y envidiosa.

Así que ella no era feliz, como correspondía a una princesa sola, y esperaba y esperaba…

Hasta que un buen día, llegó un Príncipe al palacio.
Entusiasmada, ella repasó la lista de requisitos:
– Caballo blanco. OK
– Color azul. OK
– Reino lejano. OK
– Sonrisa perfecta. OK
– Cantar y organizar flash mob. OK
– Salvarla de un horrible peligro. ¿Matar cucarachas cuenta?. Entonces OK

¡Ya sólo quedaba esperar a que la Felicidad llegase!

No llegó.
En su lugar lo que llegó fue un chaparrón mientras paseaban por el bosque intentando cantar a dúo.
Y entonces, al mirar al príncipe…¡horror!. Gruesos goterones de tinta azul emperazon a caer desde la punta de su perfecta nariz al suelo. A sus pies se formaba un charco de color a medida que el príncipe se iba quedando de un preocupante tono grisáceo.

La princesa se quedó tan sorprendida como indignada. ¡La habían estafado! ¿Cómo iba a ser feliz si los príncipes azules eran una farsa? ¿Quién la iba a rescatar ahora?
Pasó varios días enfadada y sin querer hablar con nadie. De repente todo era una molestia para ella. Le molestaba esa manía de todos con los finales felices. Detestaba a muerte la palabra FIN a mitad de las historias. Odiaba el vestido de princesa que se le enredaba en las piernas y no la dejaba ni bailar. Y la estúpida corona que pesaba y no servía para nada.
Pero sobre todo, le molestaba indeciblemente haber pensado que todo aquello era verdad.

Así que llamó a su hada madrina para pedirle explicaciones, pero resultó que se había jubilado y en su lugar apareció un hada becaria vestida de rayas naranjas y negras, que dijo llamarse Hada de los Chetos.
El hada le explicó que el suyo no era el primer caso, cada vez había mas princesas presentando hojas de reclamaciones porque el final feliz no había llegado como se supone que debía llegar.
Por ese motivo estaban cambiando los dones al nacer por un kit de salvamento básico, con el que estaban seguros de tener mejores resultados y princesas felices.
Como la historia ya no tenía vuelta atrás ni remedio, le regaló un kit para que la enderezase a partir de aquel momento, y desapareció en una nube naranja.

En la bolsa había algo blanco muy grande que parecía desinflado, dos gatos con cara de superioridad (si, dos gatos en una bolsa, les encantan las bolsas) y un espejo mágico con instrucciones.
La princesa decidió centrarse primero en lo que parecía menos raro, así que empezó a seguir las instrucciones del espejo.
– Espejito, espejito: ¿quién será mi príncipe salvador?
El espejo no hizo absolutamente nada.
– Espejito, espejito: ¿el amor de mi vida, dónde está?
Seguía sin pasar nada mágico. Ese espejo era de lo mas corriente, ni hablaba ni nada.
– Espejito, espejito: ¿dónde está mi felicidad?
Nada. Nada de nada. Lo único que hacía el espejo era ser un espejo.

¡Éste espejo está roto!-exclamó muy indignada.

Mientras, las gatas ya se habían ocupado del resto del kit, y esperaban sentadas junto al enorme unicornio mágico que acababan de inflar.  No tenían prisa, ya lo habían visto otras veces. A todas las princesas les costaba enterarse al principio, pero tarde o temprano la mayoría acababan por entenderlo.
Y así fue. Mucho mas tranquila, la princesa se subió a lomos de su unicornio dispuesta a abandonar el reino, y dejó atrás los principes azules y las historias que acababan con un fueron felices para siempre.

Y tal vez ella fue feliz para siempre, o tal vez no, porque este FIN es sólo la mitad del cuento.

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Maravillosa ilustración de Jessica Silván ❤

A simple vista no era mas que un árbol. Uno de tantos a lo largo del camino, que se habían quedado junto a una valla en el terreno de alguien y daba sombra a las ovejas y refugio a los pájaros.

Sólo eso, un simple árbol.

Eso era lo que siempre le habían dicho.

Pero el no hacía caso. Ya desde que era semilla esperaba ver grandes cosas. Mantuvo su entusiasmo cuando era un arbolito e imaginaba que las ovejas y las vacas eran monstruos gigantescos que tenían vidas emocionantes.

Pero no. Con el tiempo creció y vio que no pasaba gran cosa. A decir verdad, no pasaba nada de nada.

Y entonces, una mañana escuchó a una bandada de pájaros hablar de un lugar lejano y extraño.

Pues yo quiero irme a Kenia- dijo un día, para susto y sorpresa de todos.

Una oveja, con mucho tacto, le explicó que eso era imposible. Sólo era un árbol, y los árboles nacen y mueren donde les toca. No se van por ahí a conocer mundo. Además, no estaba bien que dijera esas cosas, ¿acaso no era feliz allí?¿no tenía todo lo que necesita un árbol para vivir?

Pero lejos de disuadirle, aquello sólo lo encendió aun mas. Quería ir a Kenia, quería ver los animales salvajes y las cosas maravillosas que había escuchado. Cada día pedía a los pájaros que le contasen mas historias, que a su vez contaba a todo el que quisiera escucharle junto con sus planes de viaje.

Los pobres pájaros, sintiéndose un poco culpables, dejaron de contarse historias en sus ramas, y se fueron en busca de otro árbol con menos aspiraciones.

Pasó el tiempo. Vinieron muchos otros pájaros, y otras ovejas descendientes de las que presenciaron aquella excentricidad. Y poco a poco el árbol dejó de hablar de sus deseos de viajar. Así, la leyenda del árbol que quería vivir en Kenia, que había pasado de generación en generación de ovejas, se fue olvidando.

Hoy el árbol ya no está. Nadie recuerda cómo ni cuándo desapareció. Tal vez fue cortado porque molestaba a algún agricultor, tal vez enfermó y murió, o fue la desafortunada víctima de un rayo o un incendio.

Aunque los días de viento, si se presta mucha atención, entre las ramas cercanas se susurra que se fue a Kenia.

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@Iridriel

Resistir

La noche fue oscura y fría, resistieron durante horas el viento despiadado, que amenazaba con arrancarlas de su insignificante refugio y llevárselas lejos para siempre. Pasaron mucho miedo cuando empezó a caer la nieve, que poco a poco las cubría, las envolvía en un frío silencio que no las dejaba verse ni sentirse.

Con el paso del tiempo, el miedo se volvió calma. Porque a pesar de todo confiaban en que seguirían allí cuando todo pasara, como siempre habían hecho.

Y llegó el día, que trajo consigo la luz y el calor y se llevó la nieve que dormía perezosa sobre sus dominios. Libres de nuevo, no perdieron el tiempo en nada mas que en disfrutar las horas que tenían por delante hasta que volviera la noche.

 

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Foto by me

Castillos en el aire

Primero una, luego otra,  y otra mas. Despacio y con cuidado iba colocando los naipes, apoyados unos en otros. Con toda la calma del mundo levantaba su castillo.

No hablaba ni prestaba atención a cuanto la rodeaba. No le interesaba lo que ocurría mas allá de su mesa.

Cualquier observador casual solo vería un montón de naipes en equilibrio, que se mantenían en su posición estoicamente por una mera cuestión de casualidad. Pero a través de sus ojos no. Ella veía como sus manos formaban un precioso castillo medieval, con sus torres con princesas cautivas, salas custodiadas por dragones, e incluso puede que al final decidiera añadirle un príncipe, si no encontraba nada mejor para la princesa.

Tan grande era su concentración, y tan perdida su mente en aquel elaborado castillo, que no escuchó la puerta abrirse.

Una corriente de aire, un “up, lo siento” despreocupado por quien acababa de entrar, y un suelo cubierto de cartas fue cuanto quedó de su obra.

Con tristeza los recogió todos y dejó el mazo en la mesa, pensativa.

“Mejor así”- se dijo-“ mi pobre y efímero castillo solo fue un sueño imposible.”

Miró una vez mas las cartas.

Sonrió, y volvió a juntar una con otra, y luego otra, y otra mas. Seguro que a su palacio renacentista le iba mejor que al medieval.

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Castillo de Dunguaire (Irlanda) Foto by me

Mi pequeña gata mira caer la lluvia tras la ventana.

Está muy quieta, muy atenta. Si me acerco sé que me maullará con reproche y se irá con su purr indignado. Así que no la molesto.

Miro a mi vez por la ventana. Ahí fuera llueve sin parar y el viento se entretiene con las hojas de los árboles. Y me pregunto qué pensará ella.

Tal vez esté pensando en las vueltas que ha dado su vida, mientras se acuerda de cuando la lluvia era sinónimo de frío y patitas mojadas escondida bajo algún coche.

Quizá reflexiona sobre la melancolía que produce el tamborilear de las gotas de lluvia sobre los cristales.

Incluso puede que se esté preguntando que harán los gatos y los pájaros ahí afuera para resguardarse de la lluvia, tratando de ponerse en su lugar.

Y hasta puede que esté pensando en por qué a los humanos nos gusta tanto pensar en tonterías cuando llueve.

O puede que, tal vez, solo le guste ver llover, porque las gotas de los cristales se mueven y hacen un ruidito entretenido.

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¿Y la pesada esta qué querrá ahora?…purrr